Seré ese lunar
Caminábamos otra vez sobre aquél malecón que tantas veces había sido testigo de nuestros encuentros. Este lugar que me había visto en varias ocasiones tan ilusionado, con el sol rojo y el mar Mediterráneo de testigos; también la habían visto a ella llorar tantas veces por el amor no correspondido de aquél que alguna vez fue casi mi hermano.
El viento marino alborotaba mi cabello ya de por sí despeinado. El ruido de las olas al chocar con la playa rompía armoniosamente nuestro silencio. Con sus manos sobre el barandal, ella miraba el mar, parecía pensativa. Discretamente volteó a verme. Yo estaba parado junto a ella con las manos en los bolsillos de mis jeans. Mi mirada encontró la suya, pero enseguida la desvió.
Miré nuevamente al mar. Y en pocos segundos volví a sentir sus ojos de chocolate posados en mí.
- ¿Qué? - le dije riendo.
- Nada - me respondió sonrojada.
Callé. Me gustaba verla ponerse rojita. Me gustaba creer que mi presencia la hacía sentir cosas lindas. Aunque pensara que no fuera cierto, la ilusión me hacía sentir vivo.
- David - me dijo ella casi susurrando y sin apartar su mirada del mar - ¿Recuerdas que la última vez que estuvimos aquí me dijiste que estabas enamorado de una chica que no te correspondía?
- Vaya que lo recuerdo - respondí fingiendo no darle mucha importancia al hecho.
- Y, ¿cómo te ha ido con ella? ¿Ya se lo diijiste?
- Pues nada. No ha pasado nada. Te dije que no parecían importarle mis sentimientos.
- ¿Y te resignaste así nada más?
- ¿Qué le voy a hacer si sé que no me quiere? Si sé que todavía llora por quién le destrozó la vida.
- ¿Y ella es tu única opción? ¿No podría haber alguien más? - preguntó ahora volteando a verme.
- No, creo que por el momento ella es la única que hace temblar mi mundo… Cómo ahorita - dije ésto último casi inaudible - Pero, ¿por qué preguntas eso? - la cuestioné levantando la voz nuevamente.
- Nada, es que quería decirte algo pero creo que mejor será en otra ocasión - y diciendo esto comenzó a caminar dándome la espalda.
La tomé del brazo deteniéndola. Me volteó a ver con sus ojos de chocolate que tanto me hacían soñar. Había en ellos una expresión de incertidumbre mezclada con amor, o al menos quería pensar eso.
- Dímelo ahora. Te quiero escuchar.
No dijo nada. Me miró fijamente el rostro. Llevó sus manos a mi comisura izquierda, acariciando con sus suaves manos mi cara.
- Tú, que has sido mi apoyo durante todos estos momentos de dolor, que siempre has estado conmigo debes saber esto.
- Te escucho - respondí tratando de mantenerme sereno.
- Creo que ya lo he olvidado. Ya no me duele pensar en él. Y poco a poco lo he superado. Y sabes que tú tienes parte de culpa en ello.
- Sólo he querido que estés bien.
- Y sí, creo que ya estoy bien, pero bien enamorada otra vez.
Sentí que el mundo se abría bajo mis pies. No quería hacer la pregunta, pero finalmente la hice.
- ¿Y quién es?
- Un chico guapo, de piel morena, cabellos despeinados y lunar en la comisura izquierda - sentenció mientras miraba mi lunar con especial atención.
No supe qué decir. Me sentí estúpido, pero a la vez afortunado. ¿Era yo? ¡Era yo! Desde el primer momento que la vi, supe que era ella, y nadie más que ella. Sentí mis ojos humedecidos, pero me aguanté… Creo que vio mi grado de desconcierto total porque fue ella quien continuo la confesión.
- Sí, tontito, eres tú. Y perdóname por no darme cuenta antes. Pero creo que nunca es tarde, y menos ahora que tengo una vida por delante contigo.
- Diana… yo - balbuceé
- Esta vez no digas nada - me dijo mientras sellaba mi boca con sus labios.
Me dejé guiar. Ahora mi corazón se había salido de mi cuerpo para irse con ella. Muchos momentos como estos,pensé, mientras la abrazaba intensamente, para no perderle, para estar siempre con ella …
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