Ventana cómplice
Esperar. Se asomaba por la ventana. Nadie aparecía. Volvía, continuaba su lectura. Desesperada se asomaba nuevamente. No llegaba. La espera era inclemente.
Mariana saltó de la cama al oír el chiflido. Cerró su libro de Ernest Hemingway, corrió hacia la ventana y apartó las cortinas. De entre los árboles de su jardín surgió su figura varonil, él la saludó desde abajo con la mano extendida. Ella le respondió con una sonrisa. Como pudo, logró burlar la barrera de su madre y se reunió con él en el jardín para escapar juntos.
Era el ritual de cada tarde desde que conoció a David en una cancha polvorienta del centro de la ciudad. La inocente alegría del joven de 14 años, sus cabellos despeinados y ése lunar al lado izquierdo de su boca, la cautivaron desde el primer momento.
Los prejuicios de sus padres le impedían estar con él, en apariencia, por que sabía que en el momento en que su silbido entrara por su ventana abierta, llegaría el momento de estar juntos y tomarse de la mano toda la tarde mientras vivían su amor.

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